Paraules amb Iniciativa

Cambio político y cultura de gobierno

 

parthenonManuel Alcaraz Ramos

Profesor de Derecho Constitucional de la Universitat d’Alacant

 “Los políticos hacen mal algo que nadie hace mejor que ellos”.

(D. INNERARITY. El nuevo espacio público)

 Estas reflexiones deben partir, necesariamente, del convencimiento de que el cambio en la Generalitat Valenciana y en buena parte de Ayuntamientos y Diputaciones será una realidad en mayo de 2015. Pero hay que advertir que cambio admite dos sentidos, y que esa diferenciación nos previene ante algunas alegrías prematuras. Como digo, no tengo ninguna duda de un cambio electoral, del triunfo de una mayoría de fuerzas de izquierdas frente al PP: habrá, así, un cambio institucional. Pero nadie debe olvidar que lo importante no es ese hecho, en sí, si no las perspectivas que abre para el cambio real: el de las políticas concretas, el de las formas como se desarrollarán éstas. A las posibles contradicciones y a los obstáculos que encontraremos es a lo que dedico los siguientes párrafos, teñidos de autocrítica.

Además de algunas encuestas, escasas pero bastante concordantes, no tenemos más remedio que centrar cualquier análisis sobre el cambio en los discursos circulantes, emitidos por partidos políticos, asociaciones cívicas, intelectuales, medios de comunicación y el enjambre inquieto de las redes sociales. De esos discursos me atemoriza la confusión creciente entre la celebración de la noche electoral y la formación de un gobierno –de muchos gobiernos, si contamos los Ayuntamientos- estable(s) con posibilidades reales de gobernar una legislatura. Es como si el imaginario de la fiesta pudiera arruinar las reflexiones que implican dirigir una nueva, histórica fase de la historia del pueblo valenciano. Sin duda nos merecemos esa fiesta. Al menos nos la merecemos los que de verdad, en los años de plomo y trajes italianos, de Rabassas y Aeropuertos de Castelló, de accidente del Metro y de restricciones en servicios sociales, estuvimos al pie de algún cañón, defendiendo ciertos principios y políticas contra el sentido común y los relatos del desarrollismo infinito y de la circulación intensiva de monetario. Nos la merecemos: saquemos, pues, banderas y, como diría mi hijo, la careta contenta, y las imágenes de las caras agrias puestas cabeza abajo. Y, después, al amanecer, guardémoslas, no sea cosa que la resaca se vea agravada por el ruido de la algarabía.

¿Pero qué debemos hacer el día después del día después? Mónica Oltra viene recordando, desde su responsabilidad política, que un cambio en el gobierno no cambia, per se, absolutamente nada. Bueno, una cosa sí: abrirá puertas a la esperanza. Lo que incrementa el peligro de la decepción. O sea, que, quizá, lo que debemos entender ahora –seguramente lo debimos haber entendido antes- es que lo que haya que hacer en el gobierno hay que prepararlo sin más demora, sin esperar al recuento del último voto.

Y lo primero es pensar que una cosa es la mayoría electoral de una noche de primavera y otra, no fatalmente coincidente, es una mayoría de apoyo, sin la que no será posible acometer las reformas fuertes que se precisan: construir ese bloque social es una necesidad imperiosa. Pero, me temo, no nos lo hemos tomado muy en serio y más bien pensamos en él, si es que lo hacemos, como el agregado mecánico de sensibilidades con las que vagamente coincidimos en la necesidad de que muchas cosas deben alterarse: es como si el gobierno fuera a ser una gran cabecera de manifestación, una pancarta vibrante y emocionada. Pero no hay que olvidar que una cosa es fraguar alianzas negativas, contra el gastadísimo PP, y otra muy distinta gestar alianzas proactivas, sobre todo cuando no se puedan atender todas las demandas acumuladas –por nosotros mismos- en un tiempo breve.

Y en relación con esto no estaría mal reconocer, para sacar consecuencias de reflexión y acción, que no estamos dotados de una auténtica cultura de gobierno. Y aquí debo hacer una precisión: estoy hablando de gobernar y, en realidad, en las condiciones previsibles, mi opinión política se dirigirá a que Compromís forme parte del Consell y de todos los gobiernos municipales posibles: estoy convencido que eso mejoraría cualitativamente nuestra experiencia y nos permitiría tener un mejor control sobre las decisiones concretas. Pero soy consciente de que hay posibilidades de apoyar gobiernos “desde fuera”, por diversas razones matemáticas o de interés táctico: para mí eso, a efectos de lo que aquí sostengo, también sería gobernar, porque nos haría corresponsable de muchas medidas y porque, seguramente, nos marcaría, en la práctica, un objetivo estratégico: crear las condiciones para entrar en el Gobierno. También es verdad que podríamos encontrarnos con un resultado en el que se produjera el cambio pero dejando a Compromís fuera del campo de gobierno: me parece muy difícil que eso se produzca, en especial porque, llegado el momento, la inteligencia política nos deberá hacer usar el resorte de nuestra presencia municipal para evitar quedarnos fuera de las combinaciones. En todo caso alguien debería estar evaluando todas estas contingencias.

Ahora bien: ¿tenemos una auténtica cultura de gobierno? Creo que no. Como tampoco la tienen EU o Podemos, y la que aún conserva el PSPV más vale que la olvidara. Cuando me refiero a esta cultura lo hago, ante todo, pensando en términos de la capacidad activa y consciente de los aparatos de la coalición para reclutar, en su mismo seno, y fuera de él, personal preparado; ciudadanos que, como diría Maquiavelo, tengan virtud política, una aproximación experta, desde distintas prácticas y saberes, a las obligaciones inherentes al desempeño del poder ejecutivo y de la mayoría parlamentaria. Igualmente me refiero a la propia capacidad orgánica de Compromís para debatir, con suficiente deliberación y participación de su militancia, las decisiones programáticas más importantes, estableciendo ágilmente perspectivas adecuadas, que distingan lo básico de lo accesorio.

No defiendo, de ninguna manera, un poder de técnicos, sino, al revés, de políticos dignos de tal nombre. Y es que, siempre, pero, especialmente, en las difíciles condiciones de 2015, la conformación real de las instituciones va a requerir mucha fortaleza de espíritu y de conocimiento. Enfrente habrá un PP herido, una derecha sociológica humillada y segmentos del empresariado muy incómodos… y muchos temerosos de que los cajones y alfombras revelen secretos inconfesables. Y, al lado, compañeros de viaje desconfiados, medrosos ante la tarea emprendida y con menos preparación que nosotros. Todo eso va a generar una estructura de resistencia y oposición que irá más allá de los debates parlamentarios. Será una estructura que tenderá a hacerse eficiente por sí misma, en parte porque deberá propiciar la renovación de los equipos de la derecha valenciana. Un posible Gobierno de la izquierda plural –casi atomizada- se va a encontrar con ese vendaval que algún filósofo alemán ha definido como el poder normativo de lo fáctico, es decir, como la capacidad que la realidad bruta tiene de imponer discursos, valores, principios, más allá de su debate y enunciado explícitamente institucional. Esperar que una colla de bons xics, una valiente patrulla de aficionados baste para oponerse a esto, significará darle una ventaja inicial a las fuerzas conservadoras.

Va a ser, pues, la hora de los/as políticos/as. Pero, ay, en un medio ambiente en que se ha laminado exquisita y, a veces, indiscriminadamente, a la política y a sus representantes. Es ahí donde deberán actuar políticos que entiendan que, en su gestión, han de aunar dos criterios que el no-político consideraría antitéticos: la prudencia y la audacia. Audacia en los proyectos, prudencia en la realización. Prudencia en la comprensión de la realidad, audacia en la voluntad de desarrollarla. Pero un/a político/a formado en esa dialéctica no se improvisa: llegamos tarde para ir creando cuadros de este tipo. Pero, precisamente por ello, debería ser una prioridad absoluta.

Pero el mayor problema es que los discursos de oposición dominantes, la construcción de un sentido común de la izquierda crítica –que, como enunciara Gramsci, es un sentido común que esconde una comprensión falseada e irracional de la realidad-, se ha centrado demasiado en trascender la democracia representativa para buscar inciertos, ambiguos y bonitos mecanismos de democracia participativa. Y ello genera el subproducto nocivo de crear dificultades para integrar la gobernabilidad como un valor primordial y autónomo en el esquema de la acción política. Acostumbrados a asumir un ¡que gobiernen ellos! hemos procurado defender mejores mecanismos participativos que buscaban más transparencia y fórmulas renovadas de mostrar las contradicciones del adversario, más que radicales nuevas maneras de hacer política desde el poder. En ese esquema corremos el riesgo cierto de despreciar la lógica de la toma de decisiones: en nombre de una ética abstracta podemos resbalar a una nueva representación del pensamiento burocrático, obsesionado por las formas antes que por los contenidos. Pero es que va a hacer falta mucho poder, mucho gobierno, para defender la escuela pública, unos medios de comunicación valencianos, un sistema avanzado de salud comunitaria, la implementación de un modelo defensa del medio ambiente compatible con la reindustrialización o, en fin, medidas para acabar con la deuda. Nosotros nos podemos permitir las distracciones, los excluidos o parados, no. He aquí, pues, otra prioridad inaplazable: redirigir los discursos, convencer a la propia militancia de que, tras la noche electoral, las prelaciones de la acción política –para defender los mismos principios que han configurado nuestro marco de identidad- serán necesariamente otras.

En definitiva todo esto se inscribe en una meditación más amplia: el triste deambular de las izquierdas por el mundo, en los últimos lustros, ha conducido a una tremenda confusión de la que no parece muy capaz de salir porque ni siquiera ha tomado conciencia de ella. Me refiero a la confusión entre ideología y política. En efecto: en cualquier discurso público, en cualquier documento programático, no es extraño encontrar, junto a la defensa de unos principios aburridísimos por archisabidos, una mezcla característica entre lo que es ideología y lo que es política.

Pero es que la ideología es el reino de los fines y lo que le debemos pedir es claridad en la definición de estos. Mientras que la política es el reino de los medios, y debemos esperar de ella rigor en su explicitación en la praxis. Si mezclamos ambos conceptos nos autoengañaremos y engañaremos a ese querido pueblo nuestro al que siempre juramos decir la verdad y toda la verdad. En lugar de eso confiemos en nosotros mismos, demos por sentado que en pocas líneas somos capaces de acordar unos puntos ideológicos comunes –la igualdad, la necesidad de transformar la realidad, la comprensión del mundo como inarmónico, la urgencia por la sostenibilidad, el compromiso con una sociedad diferenciada, la limpieza en el espacio público… ¿para qué más?-. Y pasemos luego a defender la autonomía de la política: autónoma frente los impulsos de ideas alienantes –incluidas algunas de la izquierda-, frente a la irracionalidad, frente a una ética pública entendida desde la negatividad -no ser corruptos- o/y el neopuritanismo, frente a los que creen que en una sociedad democrática hay principios políticos autoevidentes. Ese esquema general admite una derivación: cada decisión política concreta es susceptible de ideologizarse si no se incluye en su definición una cláusula de plausibilidad: la forma concreta en que se puede llevar a efecto. El que esos juegos del lenguaje suelan cubrirse con la ancha y glamurosa capa de la justificación utópica no me consuela, más bien me causa vergüenza moral e intelectual. Así que, eso: a soñar y a trabajar.

 

paulasimo

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