La transversalidad de las políticas de juventud

Alfonso Puncel. Subsecretario de la Conselleria de Agricultura, Desarrollo Rural, Emergencia Climática y Transición Ecológica

El acceso a unas condiciones de vida que permitan crecer a una persona es siempre complejo, pero se convierte en casi imposible en nuestra sociedad para millones de jóvenes. Poco ha cambiado con el tiempo esa relación conflictiva de la juventud con la sociedad. Ya desde la Grecia clásica Aristóteles en su libro La Política manifestaba un futuro negro porque decía que “Los jóvenes de hoy no tienen control y están siempre de mal humor. Han perdido el respeto a los mayores, no saben lo que es la educación y carecen de toda moral.” Platón insistió al preguntarse en su libro La República “¿Qué está ocurriendo con nuestros jóvenes? Faltan al respeto a sus mayores, desobedecen a sus padres. Desdeñan la ley. Se rebelan en las calles inflamados de ideas descabelladas. Su moral está decayendo. ¿Qué va a ser de ellos?”. Podríamos seguir, siglos después, con San Agustín, en sus confesiones, o Rousseau y Kant elaboran sendos manuales para educar al joven de su época, con El Emilio y La pedagogía (quién tenga interés en ampliar esta perspectiva le recomiendo estos dos enlaces:

https://ciencia.lasalle.edu.co/cgi/viewcontent.cgi?article=1104&context=filosofia_letras o https://www.um.es/noesis/zunica/textos/Platon,Republica.pdf)

Este primer párrafo de introducción es el habitual cuando se habla de juventud. Encontrareis miles de enlaces en Google con este mismo argumento, sin embargo, desde la acción política hay que cambiar el sentido del problema y abordarlo hacia una compresión práctica de las políticas públicas, porque esa visión historicista lleva a un argumento conservador, esto es, que, si los conflictos entre jóvenes y sociedad han sido siempre así, pues no hay nada que hacer, es algo innato y ya se arreglará con la madurez. O sea, aquello de que la juventud es una enfermedad que se cura con la edad. Por supuesto, la juventud no es una enfermedad ni hay nada que arreglar, en todo caso, hay que aprovechar colectivamente su potencialidad de trasformación sin dejarse engañar por un aspecto habitualmente denostado pero muy real: los jóvenes no tienen la experiencia que tenemos los adultos (es decir, son ignorantes vitalmente). Ese aspecto, que parece negativo, sin embargo, comporta una semilla trasformadora si se utiliza adecuadamente.

La cosa funciona así: alguien con mucha experiencia (habitualmente con más años y por tanto con más problemas a sus espaldas) tiende a ver las cosas de una sola forma y utiliza lo que tiene a su alcance de una única manera. Se hace, por así decirlo, conservador en las soluciones. Sin embargo, una persona sin experiencia (habitualmente con menos años y con menos problemas vitales en sus rodillas) tenderá a utilizar los medios a su alcance para resolver problemas. Además, resolverá “otros problemas” que ni nos podemos imaginar. El ejemplo más cercano es cuando un niño pequeño utiliza la caja en la que se envuelve un caro regalo para jugar, o cuando una persona joven utiliza unos pocos cables, un teclado de máquina de escribir y una vieja televisión para hacer un chip informático, un ordenador e inventarse un videojuego. Algo que, en un cortísimo periodo de tiempo, ha tenido un inesperado impacto económico. Sólo hay que acercarle los medios. Que van a cometer errores va de suyo, pero de un error se aprende y puede incluso salir un gran invento. Ejemplos de ambas cosas tenemos a puñados.

Acercar medios tradicionales a gente joven conlleva un potencial inconmensurable para la sociedad en su conjunto. Además de que disponen de unas mejores condiciones físicas y mentales en general para desarrollar con más intensidad y rapidez determinadas tareas. Acercar medios en nuestra sociedad significa darles un sistema educativo completo y creativo, y tras ese periodo formativo, integrarles laboralmente en la sociedad, algo que ha fallado y sigue fallando notablemente en España.

No quiero dar cifras pero resulta inevitable comprobar lastimosamente los datos ofrecidos por el Consejo de la Juventud de España en su informe sobre el estado de la juventud en España (http://www.injuve.es/observatorio/demografia-e-informacion-general/informe-juventud-en-espana-2020) situación que cualquiera que lea este artículo puede constatar en la gran mayoría de personas jóvenes que nos rodea. Lamentablemente no es ajena a esta situación el hecho de que en la “distribución internacional del trabajo” se haya decidido (y que hemos comprado alegremente) que España debe ser el lugar de ocio, descanso y diversión del resto de Europa. Que estemos destinando a ese sector cientos de miles de millones de euros para sostenerlo y potenciarlo, y en el que muchos jóvenes encuentran una salida inmediata, aunque precaria y mal pagada para tener un mínimo ingreso, supone sacarlos de los estudios o de optar por otras salidas profesionales, lo que no sólo es una condena para miles de jóvenes sino sobre todo, es una condena para la sociedad.

Impedir que esta opción deje de ser inevitable depende de políticas destinadas a los jóvenes, sea cual sea en este siglo su definición sociológica, servirá para aprovechar colectivamente ese potencial. Además, la opción política que sea capaz de representar sus necesidades vitales y expectativas, como ciudadanos y trabajadores, más allá de políticas de favorecer la diversidad, será una alternativa de gobierno. Por tanto, destinar una buena parte del presupuesto público en integrar masivamente y sin demasiados remilgos, a personas jóvenes en las estructuras educativas, de investigación, de asistencia, en la administración pública, o las empresas es la mejor inversión que un país puede hacer.

Esta propuesta tiene además efectos múltiples, entre otros que, favoreciendo esta integración, las personas de las que dependen y que están preocupados por esos jóvenes, sean sus progenitores o abuelos, se les quita una preocupación convirtiéndose así también en representantes de ese colectivo social.

mgonzalezm91

Add comment